12/09/2008 17:08 Antiguedad: 70 days
Fútbol, pasión y contingencia
Categoría: Reportaje Ciudadano
Se me ha ocurrido pensar en el origen de una obra. En su origen y en aquello que ha formado parte de su origen, es decir, en los rasgos primordiales y característicos que han predominado en su origen.
Estoy pensando puntualmente en la creación de un club de fútbol, en cómo alguien pudo proponerse semejante emprendimiento. En el gran desafío que por un instante debió haber imaginado y no obstante decidió afrontar. En la gran cantidad de situaciones adversas que debe haber tenido que atravesar hasta llegar por fin a la piedra fundacional. Pienso en la intimidad de todas estas cuestiones.
Todo esto les debe haber pasado seguramente a quienes sintieron la necesidad de fundar un club. Sin lugar a dudas, en el origen de todos los emprendimientos y proyectos humanos, la pasión lo fue todo.
La pasión no forma parte del origen. Funda el origen. El origen está hecho de pasión. Creo que un emprendimiento de esta naturaleza fue impulsado y promovido por ese sentimiento. Qué otra cosa podría haber sido la pasión entonces, sino la condición de posibilidad de esta obra.
Qué otra cosa sino la pasión pudo haber empujado con tanta fuerza hacia adelante, precisamente en aquel momento cuando la obra no era más que un anhelo, y no tenía ningún espacio real ni entidad simbólica.
Ahora bien, la creación de dicha obra como acá he llamado a la creación de un club de fútbol, no podría comparársela con la creación de una máquina de fórmula 1 sobre la cuál se pueden realizar cálculos que permiten anticipar incluso hasta cuál será su comportamiento, mucho antes de tenerla como producto terminado.
Este ejemplo pertenece más bien al campo de las ciencias exactas. El fútbol en cambio, por su modo de ser, está en las antípodas del ser un producto cuya esencia tenga alguna posibilidad de haber nacido en el cálculo.
¿Quién podría anticipar y de no intervenir elementos ajenos a la lealtad de cualquier competencia de fútbol, en qué ubicación quedará nuestro equipo al finalizar el próximo torneo? Pues bien, se podrá tener un mayor o menor porcentaje de certidumbre, pero difícil es poder anticipar cuál será exactamente la ubicación.
El fútbol, como el deporte en general, es la recreación metafórica de antiquísimas confrontaciones de la humanidad.
El deseo de ganar ha estado siempre. No conozco a nadie que intencionalmente se prepare para perder o que no piense en el resultado. Pero bien vale la pena recordar que se puede ganar o perder.
La posibilidad de que se pueda ganar o perder es el rasgo que, para referirlo al fútbol, lo hace impredecible, contingente. Por otra parte… ¿a qué otra cosa se le atribuye más valor que al mismo resultado?
Si nos detenemos en esta variable, que por otra parte debe ser la única que interesa tanto a jugadores, aficionados como a dirigentes, podríamos decir que el fútbol es un universo de situaciones que no podemos calcular ni anticipar.
Puede ser como puede no ser, por ejemplo, que nuestro equipo finalice campeón.
¡¿Quién podría garantizar con absoluta certeza que el mejor de los trabajos realizados por cualquiera de los entrenadores más prestigiosos implica, de por sí, el éxito en el resultado de la confrontación? Pues nadie.
Basta con pensar lo que sucede con el fútbol de alto rendimiento: cuántos sueños, proyectos de trabajo y entrenadores caen porque la pelota no entró. Cuántas horas destinadas a mejorar la performance deportiva desfallecen y quedan afuera de toda consideración y respaldo a manos de esa única variable llamada resultado.
Sin embargo, esta misma definición acerca de su condición contingente es el rasgo que lo hace apasionante. Apasionante y mágico. Pensemos que en el límite, tanto el jugador como el espectador concurren a la fiesta atraídos una y otra vez por aquello que no se puede calcular, dado que el resultado es siempre un misterio a revelar. Precisamente, este mismo interrogante, es el que retroalimenta una y otra vez nuestra pasión por este deporte.
Una y otra vez el fútbol se nos presenta como un acontecimiento nuevo, en un espacio y tiempo nuevos, en los cuales también se renuevan nuestras expectativas. A lo largo y ancho de su cauce quedan evocados su origen pasional y su imposibilidad de cálculo.
Si bien la derrota o el triunfo ocurren, la posibilidad del triunfo siempre está presente como promesa. Por otra parte, el triunfo o la derrota, el bien o el mal según convengamos, nunca son infinitos. Tienen un tiempo acotado. Ni la derrota será tan mala ni el triunfo tan duradero. Lo serán hasta el próximo evento.
Los gerentes de las empresas que esponsorean a los clubes de fútbol, tanto a los grandes clubes del mundo como a los pequeños, ante la situación de analizar y decidir su inversión, mucho o poco pensarán conforme al monto de dicha inversión, cuál podrá ser el balance entre el costo de ese esponsoreo y los beneficios a percibir como resultado de esa inversión.
Dicho de otro modo, analizarán cómo reducir los márgenes de riesgo representados por ese elemento de comportamiento variable que casualmente se desplaza por afuera del cálculo de probabilidad. Pero este interrogante es imposible resolverlo operando con la lógica de las ciencias exactas. Claro está que éstas ayudan pero parcialmente.
Tanto el resultado deportivo como el resultado de cualquier inversión comercial destinada al fútbol, son como un rostro al que nunca podremos ver totalmente. Al menos, nunca en su totalidad, como podríamos ver a la máquina antes de estar terminada.
Definitivamente, el olfato comercial, practicidad y vehemencia de los empresarios exitosos, saben cómo hacer su trabajo.
Nadie en estos tiempos piensa exclusivamente en el resultado deportivo. Aún desconociendo la exactitud de estos datos, es decir, la performance deportiva del equipo a esponsorear y su correlación con los beneficios a percibir, las empresas deciden normalmente realizar su inversión porque saben que el fútbol les permite llegar masivamente al consumidor a través de un sentimiento tan elemental aunque poderoso, como el que es capaz de expresar un aficionado con respecto a su equipo: el del amor pasional por esa camiseta, su camiseta.
Cuando esa energía pasional, representada por un sentimiento se concentra en un objeto, nace un mundo. Un mundo hecho con la misma pasión como la que impulsó la creación del club. La misma que estuvo en su origen y que seguirá estando en los tiempos por venir. Es interesante: en ese mundo que allí se abre, nacen los emblemas, las identificaciones y los sentimientos de pertenencia adoptados por cada grupo social, con las características propias de cada región del planeta.
Así lo representan los aficionados del Real Madrid, del Barcelona y de todos los equipos del mundo.
Prof. Roberto A. Rodrigo
Director Técnico de Fútbol
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