Hace poco se celebró el Día Mundial de las Personas con Discapacidad. Alrededor de un 10% de la población mundial, o 650 millones de personas viven con algún tipo de discapacidad.
El año 2008 es relevante, pues el 3 de mayo entró en vigor la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad, en la que se establece que los Estados Miembros tiene la obligación legal de promover y proteger los derechos de las personas con discapacidad.
En Imbabura existen varias instituciones para niños, jóvenes y adultos con diferentes tipos de discapacidad, así como también se ha logrado que muchos de ellos se integren a la sociedad y no sean alejados de la realidad. No importa cual sea su dificultad física lo importante es luchar por la vida y ser feliz sin importan los obstáculos que se presenten.
Los seres humanos poseemos varios contrastes en especial las personas con discapacidad, cada uno vive su mundo, sueña, ríe, llora, canta, baila y se apega a una realidad distinta a la normal, pero lo mejor de todo es el cariño y el amor que la familia y la sociedad debe brindarles, porque todo lo que uno da, ellos lo reciben y lo vuelven a enviar con mas ganas y mucha fuerza.
Carlos Pineda es una persona con discapacidad que trabaja como zapatero desde hace 10 años y así se gana la vida, como él hay mucha gente especial en el país que sobrevive y lucha por que se respeten sus derechos y está confiado en que la vida y la sociedad algún día les dé la oportunidad de demostrar sus capacidades sin ningún tipo de discriminación.
Todo niño merece ser feliz. Es responsabilidad del Estado ayudar y dotar de las herramientas necesarias para su óptimo desarrollo y crecimiento en la sociedad, sin importar que ese niño sea especial.
El futuro de un niño especial depende del amor, cariño y cuidados que la familia y la sociedad le brinden.
El fútbol también es para los ciegos
Marcela Rengel Redacción Azuay
A ellos, eso de que la ceguera es un impedimento para hacer una actividad física grupal les tiene sin cuidado. Por horas, y descansando poco, juegan fútbol y lo hacen con la precisión que su discapacidad permite.
Son los miembros más antiguos de la Asociación de no videntes del Azuay quienes se reúnen todos los sábados en una pequeña cancha de su propia organización, a hacer lo que más les gusta.
Ya todos han llegado, y cada uno tiene su puesto definido, son seis deportistas, cinco de ellos, totalmente ciegos.
La primera actividad, luego de bromear sobre su ceguera colectiva, es constatar el terreno donde jugarán por cerca de tres horas. Vicente Pérez, de 55 años, atajará esta vez, por eso recorre el arco, para determinar sus dimensiones.
Marco Ambrosi, el más alto del grupo y Patricio Sanisaca están en el centro de la cancha para iniciar el juego, utilizan una pelota sonora que servirá para guiar sus movimientos.
Al principio, el juego se torna lento. En menos de dos minutos, el balón ha salido de la cancha por cinco ocasiones. Por eso, a un extremo, Milton Sanisaca, el hijo de Patricio, (que no tiene problemas visuales) controla literalmente el partido. El es el encargado de medir el tiempo, el "pasabolas" oficial del grupo y de indicar a los jugadores donde está el balón, cuando se detiene y no hay un sonido para orientarlos. Corre todo el tiempo y siempre está detrás de su padre.
"Estamos ciegos, no sordos", dice Vinicio Ambrosi, un ciego total de nacimiento, quien con pasos lentos y con la ayuda de un bastón blanco se acerca a una pequeña barra compuesta por dos ciegos más y las esposas de los deportistas.
En el fondo se escucha otra frase: "Les voy a sacar tarjeta amarilla porque no veo nada", es la voz de Vicente Quevedo, el presidente de la Asociación, cuando escucha los festejos de los tres goles que le hacen a Vicente Pérez. El primer partido termina con dos o tres lesionados, que se lastimaron cuando la pelota se iba a una pared de la cancha y con una goleada de los dos equipos, el marcador, según Milton es seis a siete, perdió el equipo de Vicente.
Descansan en el filo de la cancha, y comentan del partido. En menos de cinco minutos se preparan para el siguiente. Eduardo Landi, decide no probar suerte porque se lesionó la muñeca.